Por un convencimiento moral y ético más que político o sindical siempre he defendido el derecho a la huelga y por eso creo que la convocada para el próximo 4 de noviembre no sólo está más que justificada sino que tiene todos los elementos necesarios para que se respalde… aunque no vaya a servir para nada. Las huelgas son la manera en la que los trabajadores muestran su enfado y su disconformidad con las políticas económicas y de recortes del Gobierno de turno. Pero esto ya se sabe sin tener que hacer una nueva. No hay ciudad grande o pequeña que no tenga casi a diario una protesta en sus calles a diario por estos recortes del actual Gobierno, no hay conversación (ya ni siquiera hace falta una bara del bar para hacerlo) en la que todo el mundo muestre su cabreo con una política que nos está llevando al caos y a la desolación a medio país. Por eso, ¿para qué hacerlo más patente? ¿Para ver, ahora sí, cómo los funcionarios la van a respaldar? ¿Para poner en un brete a los trabajadores que tienen un empleo pero no si tiene un futuro si se animan a jugarse su sustento parando su actividad?.
Creo en las huelgas cuando pueden cambiar algo pero ésta no lo va a hacer, por desgracia, y sólo va a servir para ratificar que todos estamos hasta los mismísimos de estos políticos y que la única solución sería la que pudieran hacer ellos y dejar de ‘trabajar’ no un día, sino varios meses para que esto cambie, porque sin ellos quizás no encontremos la solución, pero a peor no íbamos a ir. Y que nadie se llame a engaño la chorrada de Rajoy de que la huelga es mala para la economía y la mala imagen de España es algo que no se lo creen no ya sus votantes, sino muchos de sus militantes. La fotos del New York Times de gente cogiendo comida de las basuras no es un complot judeo masónico, sino un triste reflejo de una realidad cada vez más numerosa, como la de los deshaaucios constantes y la gente tirada en la calle sin tener qué comer o la campaña de Cruz Roja para ayudar a los españoles en apuros. Esa es la mala imagen de este país que él ha propiciado, curiosamente anunciando en las elecciones que iba a hacer todo lo contrario. Y esto seguirá así mientras no decida cambiar de política, pensar en los ciudadanos de a pie y deje de creer que, mientras él tiene un sueldo y muchos privilegios asegurados, el resto de españoles deben seguir apretándose el cinturón por el bien de España.
Y, ustedes se preguntarán, que tiene ver esto con la mafia china, al margen de que la palabra mafia se relacione cada vez más con la política que con cualquier nacionalidad, pues quizás poco, pero algo sí. Si durante estos últimos años hubiera habido menos interés en sacarse fotos con el cabecilla de la trama defraudadora y más en investigar cómo alguien se hace multimillonario exportando farolillos chinos, quizás ahora el Gobierno tendría unos cuantos de miles de millones de euros más para ayudar a la pobre banca sin quitárselos a pensionistas o parados. Y ya que hablamos de huelgas y sindicatos, si Sánchez Gordillo hubiera estado un poco más hábil e informado en lugar de estar buscando televisiones, debería haber ido a Fuenlabrada y no a un Mercadona a ‘sacar’ unos carritos de esos llenos de billetes, que a buen seguro que sí habrían ayudado más a los jornaleros que unos kilos de arroz, aceite y galletas

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