Desde hace algún tiempo se empieza a hablar de la marcha de muchos jóvenes a buscarse un trabajo a otros países por culpa de la crisis, lo que está dando lugar a que se comience a valorar que se pueda estar originando una generación perdida de jóvenes muy preparados que deben coger sus maletas, como antes hicieron sus abuelos en muchos casos, para buscarse la vida fuera de nuestras fronteras. Hablamos de gente preparada, unversitaria, con mucha preparación y con idiomas que ve cómo su única salida es emigrar hacia unos utópicos paraísos donde, se supone, el empleo fluye y se les espera con los brazos abiertos, aunque la realidad está aún por ver, porque no olvidemos de millones de inmigrantes llegaron aquí no hace tanto tiempo pensando en ese maná que era España y se encontraron con más desierto sin nada les cayera del cielo que la tierra prometida.

Se trata, sin duda, de un verdadero drama… que tapa un drama quizás mayor: el proceso de emigración que deben hacer también muchos de sus padres para sobrevivir. Y hablo no de gente universitaria y con estudios, sino de personas de 40 ó 50 años que se han pasado toda la vida trabajando, deslomándose para que sus hijos tuvieran esas carreras universitarias y que ahora ven cómo sus vidas, sus negocios, sus sueños y sus ahorros se han ido al traste por culpa de la maldita crisis. A veces por algo de mala fortuna, otras porque creyeron que con el boom del ladrillo les llegaba su hora de comenzar a disfrutar de esa vida por la que habían luchado tanto, otros porque con la concesión de créditos fáciles pensaron que era el momento de dar el sato y montar sus propios negocios y… se han acabado estrellando. No ha sido por falta de trabajo, ni siquiera, como cruelmente se dice, por querer vivir por encima de sus posibilidades, porque nunca han dejado de deslomarse día tras día para tener lo que se merecían por su esfuerzo.

Pero la crisis –o habría que decir los mercados, los bancos, los políticos,…–no entienden de sentimientos y ahora les llega a ellos la hora de emigrar, de dejar sus casas, a sus hijos ya criados y con los estudios pagados, y marcharse a países del norte de Europa, sin conocer casi ni una palabra de su idoma, para buscar un empleo de lo que saben hacer e intentar lograr unos ahorros con los que sobrevivir, porque en España ya no pueden porque, en muchos casos, sólo por querer mejorar en la vida, se hicieron autónomos y ya no tienen ninguna cobertura. Y eso sí que es para un país perder una generación. Una generación especial, porque es la que nos dado y ha hecho el país en el que hemos vivido.

Juani y Patricio se van esta semana a Noruega, no con una maleta de cartón como la del Pepe que se iba a Alemania, sino cargada de ropa de Declathon para el frío y un montón de tristeza. Atrás dejan a sus hijos, sus negocios frustrados y un país que parece que no les quiere y que nos les importa. Pero también dejan aquí a sus familiares y amigos que, por mucho político inútil que sigamos votando, siempre les estareremos esperando a que vuelvan. Para nosotros no están ‘perdidos’, sino sólo un poco más lejos.

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