Me preocupa la creciente sensación de que los políticos no sirven para nada, aunque me preocupa más que estos mismos políticos no sean capaces de reaccionar ante esta situación. Conozoco demasiada gente que se dedica a la política como para saber que no sólo sí trabajan, y mucho más de lo que siempre se ha podido creer, sino que son necesarios `porque alguien debe regular y dirigir e incluso velar desde la oposición por un país, una autonomía o un simple ayuntamiento. Los políticos son necesarios, lo que sucede es que me da la sensación de que ni ellos mismos se dan cuenta y han entrado en una vorágine de juegos de poder interno que les hace olvidar que ellos están para servir al ciudadano y no al secretario general de turno de su partido.

Soy de los que no comparten como sistema ni que se asalten supermercados o bancos como hizo Gordillo en verano ni que se convoquen asaltos o rodeos contra el Congreso, sobre todo porque representa abrir una caja de Pandora muy atractiva pero de la que nunca se sabe qué hay dentro. Pero, paralelamente, defiendo, entiendo e incluso –aunque sea contradictorio con los expuesto antes– aplaudo lo que se ha hecho. Tanto  la marcha del SAT por Andalucía como los actos convocados el 25-S y posteriores tiene toda una gran carga de legitimidad moral y política, porque han servido para evidenciar la pobreza que existe en este país, en el caso de Sánchez Gordillo, y el cabreo generalizado de mucha gente ante la falta de respuestas y alternativas de nuestros representantes ante la situación que vive este país.

Pero una cosa es un gesto o dos y otra que acabe imperando la sensación de que lo que sobran son los políticos y que debe ser el ‘pueblo’ (o por qué no llamarlo la masa) el que supuestamente tome las decisiones. Eso es un juego peligroso que se debe saber controlar y, lo peor, es quien debe hacerlo, es decir los políticos, siguen sin enterarse y mirando hacia otro lado. El simple hecho de que se haya abierto el debate sobre si debe restringuir el derecho de manifestación (lamentable cómo algunos sólo entrevistan a los comerciantes afectados o vecinos enfadados como si estos sí fueran los verdaderos ‘representantes del pueblo) representa que hay quien no se quiere enterar de qué protesta la gente. Que no se trata de callarles la voz, sino de cambiar ellos, de acercarse de una vez al pueblo, de saber qué piensan y, sobre todo, de aceptar lo que opinan. Y esto sólo se podrá hacer si hay un cambio de Ley Electoral que dé más poder de elección al ciudadano y menos a los partidos, porque es triste comprobar cómo pesa más ser amigo de un secretario general para tener un futuro político que ser simplemente conocido por sus conciudadanos.

¿Para qué sirve un político? Para mucho, pero aún serviría mucho más si empiezan a saber a escuchar a la gente y no sólo a sus jefes.

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