Pertenezco a una generación en la que cuando se hablaba, generalmente en voz baja, de
que alguien tenía una adicción ésta sólo era a las drogas y en especial a la heroína. Era el mal
de una generación entera que carcomía no sólo a quienes estaban enganchados, sino a sus
familias y allegados. Era una lacra social como, por extensión, lo era ser ‘adicto’. Sin embargo,
con el paso del tiempo eso de ser adicto se fue convirtiendo en casi políticamente correcto, ya
que uno dejaba de ser un borracho para ser un adicto a la bebida; de un juerguista a ser adicto
al sexo; de fumador a adicto al tabaco; hasta llegar ahora en el que el siempre mal visto parado
se ha convertido en un EREinómano.

Y es que gracias a Don Mariano comienzan a establecerse las consecuencias de lo que se
podría llamar una adicción al PP, a un estar enganchado a ver qué se les ocurre esta semana,
a estar preocupado por cómo nos va afectar su último recorte –por nuestro bien, eso sí– y a
todo lo que provenga de ellos y, sobre todo, estar angustiados de sus más fieles seguidores:
los empresarios. Estos sí que están enganchados, tanto que aplican los recortes antes de que
entren en vigor, no sea que no se puedan ahorrar un euro a tiempo, y con una tijera en la
mano y una guadaña en la otra, recortan y recortan con el ‘digno’ objetivo –eso que quede
muy claro– de salvar la empresa y puestos de trabajo, aunque en la práctica dé la sensación de
que lo que los únicos que van a acabar trabajando son ellos porque un día, sin darse cuenta, se
van a quedar solos de tanto despedir.

Pero lo peor es que todo se acaba siempre repitiendo y si a los adictos a la heroína de mi
juventud se les miraba primero con compasión y luego se les daba la espalda, no fueran a
ser contagiosos, ahora a los actuales EREinómanos se les empieza a mirar con una cierta
condescendencia –pobres, qué mala suerte han tenido—para comenzar a cruzar de acera
cuando se les ve acercarse no tanto porque pueda ser contagioso –que de eso todos sabemos
que nos puede alcanzar en un momento—sino porque quieran ‘algo’ de nosotros.

Son, somos, la nueva lacra social de una sociedad que vive aterrorizada por su futuro, que
asume como algo normal esa ‘adicción al PP’ y sus recortes y que se niega a querer ver en
la cara de muchos de sus ex compañeros de profesión el futuro que les puede esperar a la
vuelta de la esquina o tras el próximo consejo de Gobierno de la Moncloa. O surge un Proyecto
Hombre laboral que nos salve de esta situación y ayude a desengancharnos o, mucho
me temo, que muchos de nuestros hijos recordarán en el futuro lo que representaban los
EREinómanos como ahora nosotros nos acordamos de los heroinómanos.